No sé si por barçista, feo o magnífico defensa, me dejó en placidez el malicioso avatar sufrido por el jugador brasileño Dani Alves, condenado por agresión sexual en la discoteca Sutton; ahora, el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña lo ha absuelto porque considera de “déficits valorativo lo que impiden compartir la valoración del tribunal de instancia, que le condenó a cuatro años de cárcel…,por falta de fiabilidad del testimonio de la denunciante y antes las insuficiencias probatorias revocan el texto y dejan sin efectos las medidas cautelares”.

Al cicloncito Alves recibirá 11.000 euros por los catorce meses que estuvo indebidamente en chirona, pero como es obvio nadie le recordará por sus jugadas vertiginosas en el césped, sino por ser un presumible verraco de salas de fiestas. Inmediatamente ha surgido contrariada la letrada Ester García como acusante, esgrimiendo que esta sentencia “supone un retroceso a nivel jurídico y social en la lucha contra las violencias sexuales, ahuyentando futuras denunciantes”.
Estar contra la violencia sexual, y cualquiera otro execrable delito penalizable, también nos debe impedir estar en contra de las tendencias inquisitoriales y las de efecto popular, sin la sustanciación probatoria exigible. Con más atención que a este delito, seguí el vapuleo periodístico y de boca de patio que persiguió a Dolores Vázquez, acusada en el “caso Wanninkhof”; la magistral defensa de Pedro Apalategui le hizo justicia, pero ahora, perdido su puesto de directora de hotel, declara con tristeza que todavía está a la espera de que el Estado le pida perdón, vive en su Betanzos lamiéndose sus heridas, sin haber sido indemnizada por el tiempo que pasó entre rejas.
Antes, sin libertad, se leía casi a hurtadillas semanario El Caso, hoy nos rebosan las noticias de delitos en todos los medios informativos, pero la libertad exige la presunción de inocencia, para fijar nuestro encuadre con un correcto “punto de fuga”.