“Cuando la Luvia Cae, se funde…el pavimento,… tralará”, la canción romántica de Mari Trini, podía sufrir esta jocosa enmienda después de las aguas benditas que nos han rebosado pantanos, empantanado las acequias y renovado el descontento de los agricultores, ahora perdiendo cultivos por las intensas lluvias. Los sensibles conductores que han tenido que disminuir la marcha o no, por el luminoso de la DGT, avisando de reducir la velocidad ante el intenso aguacero; van pegando saltos de acá para allá para evitar los socavones que se instalan en las calzadas, o cuando les empaña los cristales los piraos, taxista y camioneros a la bulla que te manda la nube y el charco al parabrisas.

Después de tanta sequía, rezado al dios Trueno, hemos vividos intensos diluvios y la terrible Dana valenciá; como consecuencia nuestro firme asfalto moreno y soleado, se ha abierto en canales y socavones, poniendo en pie de horca y a “grito pelao”, las obras de las empresas de obras de Ingeniería Civil, sus dueños e ingenieros y las malditas administraciones, desde locales a deslocalizables en el mapa antinómico que llevan el parcheo. Estamos escamados porque a veces de nuestras carreteras y calles de chicle, salta un escándalo como el del Cacerolo en Andalucía que catapultó a Florentino Pérez en 1993 a presidente de OCISA, para resucitar la occisa que le legó Jesús Roa por el enorme bache que constituyó la obra de Sevilla a Granada, el gran cuento a los Irving.
Me gusta guardar en mi memoria la subida a la gloria desde peón caminero a constructor cotizado en el IBEX 35, de muchos de nuestros idealizados nacionales: porque siguiendo como sabueso la pista del dinero, descubro el asfalto que más que con la composición del “oro líquido”, están hecho con huecos de queso gruyere. Obras, más militares que civiles, porque parecen llevadas por el cuerpo de zapadores.