Martes, 28 Enero 2020 | Acceso abonados

Los Goya y lo que nunca cambia en el cine

Un año más asistimos a la gala más importante del cine español, esta vez por primera vez celebrada en Málaga. Creo que además que nuestra ciudad ha dejado el pabellón muy alto, nunca mejor dicho al celebrarse en el Martín Carpena. Pero un año más los cineastas se empeñan en politizar una fiesta. Por costumbre, en cualquier otro lugar, los contestatarios y los sátiros critican al poder vigente, o sea, al gobierno de turno. Pero no es el caso de este sector, que parece que solo hay asuntos reprobables en la derecha.

Y eso que el gobierno actual ha cometido tropelías de cine. Por ejemplo el caso del envío de geos a la Embajada de México en La Paz para evitar que ex mandatarios moralistas declaren ante un juez por si con dinero del narcotráfico o de las arcas bolivianas se ha financiado a los socios del PSOE. Y que conste que lo de moralistas lo digo por apoyar a Evo Morales, no porque les quede resquicio de valores morales o porque tengan la moral alta. Goya al mejor actor de reparto.

El Goya a la mejor película europea es para la película que se ha montado el gobierno español al visitar en Barajas a una ministra que tiene prohibido entrar en la Unión Europea, con un ministro Ábalos que ni siquiera se ha aprendido el guion de su papel y a cada momento da una versión diferente de cómo sucedió todo. Miren, esta película se lleva dos Goya, pues también se ha llevado al mejor guion original.

O un presidente que insiste en recibir a un president inhabilitado —Goya al mejor actor protagonista— pero que rechaza dar el mismo tratamiento a quien la Internacional Socialista considera presidente legítimo de Venezuela —Goya a la mejor película iberoamericana—.

Tenemos un gobierno que desprecia al poder judicial nombrando de fiscal general a su ex ministra de Justicia —Goy al mejor guion adaptado—. Pero eso tampoco es motivo de crítica para los herederos del ‘sindicato de la ceja’. Como tampoco lo es el no enviar representantes ni del gobierno ni del PSOE al acto que se celebró en Madrid en honor a Gregorio Ordóñez —aquí perdieron la oportunidad de recibir el Goya de Honor—. Ni los del cine critican que este gobierno haga leyes a medida de los delincuentes —Goya a maquillaje y peluquería—.

Ni siquiera los actores, directores y demás fueron capaces de burlarse de un presidente que paraliza en Mallorca durante dos horas un helicóptero que estaba buscando a un desaparecido en el temporal. Todo para un trayecto de 23 minutos del presidente —Goya al mejor Cortometraje de ficción—. Es que ni el humorista-presentador fue capaz de hacer sorna de esto.

Los de la ceja, o los del ceño fruncido si no se les da suficientes subvenciones, insisten en criticar permanentemente a la derecha. Este año el PP tiene la suerte de librarse de la quema porque les ha salido otra formación por su derecha (que en la noche del sábado parecía innombrable—. A Pedro Almodóvar, aunque tampoco es que dijera gran cosa —soy el primero que deseo que nuestro presidente lo haga bien y que dure, si así lo hiciese—, se le caía la baba cuando se dirigía al otro Pedro, al de la Moncloa.

El actor y director Eduardo Casanova reivindicó en los Goya la importancia de «hacer cultura antifascista», y le doy la razón. El cine en la Alemania de Goebbels no era cultura porque obedecía más a un régimen totalitario que a la genialidad de los creadores artísticos. Lo que eché en falta en un activista gay es alguna alusión a la homofobia de los comunistas de Cuba y China —donde había campos de concentración para homosexuales— o a los islamistas iraníes que financian la televisión de nuestro vicepresidente a la vez que cuelgan a quienes caminan ‘por la otra acera’.

A Enric Auquer lo acabo de descubrir como actor en Vida Perfecta interpretando extraordinariamente bien a un disminuido psíquico (en papel semejante conocí a Fernando Tejero en Los lunes al sol). Le auguro un gran futuro como actor, no solo por su valía interpretativa sino porque ya sabe de qué va esto del cine español. Dio las gracias a «todas las antifascistas». No sé a qué viene olvidarse de los hombres que lucharon contra el fascismo —contra el fascismo de verdad, el que tenía milicias armadas por las calles rompiendo escaparates primero y luego las caras; y no me estoy refiriendo a los CDR catalanes, aunque se parecen, sino a los camisas pardas alemanes, los camisas negras italianos y los camisas azules españoles—. Pero tampoco sé a qué viene, cuando el Parlamento Europeo solo hace unos meses condenó al nazismo y al comunismo, olvidarse de quienes lucharon contra el comunismo en Europa del Este. Quizá este joven actor, en un sector tan dependiente de las subvenciones públicas, temiese que un ministro con sudadera de la RDA —sí, el Estado de la Stasi que tan bien se recoge en la película La vida de los otros, qué envidia de cine alemán que no tiene problemas en sacar películas de los horrores nazi y comunista— influya en cortarles el grifo si se pasan de la raya.

Hace unos años el teatro Alameda organizaba un ciclo de películas con diálogos con sus directores. Yo fui a ver Las trece rosas. Me gustó. Y así se lo hice ver a su director Emilio Martínez-Lázaro. Y añadí que habiendo escogido un episodio de la Guerra Civil donde el bando autodenominado nacional cometía, cuanto menos, un exceso de guerra mediante un juicio sumarísimo con posteriores fusilamientos, no por ello sospechaba que él fuera comunista. Pero le pregunté si creía que el cine español estaba preparado para hacer una película donde se fijara en un exceso del bando republicano, tales como los fusilamientos de Paracuellos o el bombardeo de Cabra, sin que el director fuera acusado de fascista. Respondió que por supuesto que sí, pero que él no la haría… y quien lo hiciese sería un fascista.

Efectivamente el cine español siempre que trata un tema político tiene el mismo signo: las izquierdas —todas las izquierdas— son demócratas, progresistas y luchan por la libertad; las derechas —todas las derechas— son dictatoriales, reaccionarias y fascistas. Es un cine adoctrinador. Ni siquiera vale la excusa que es para contrarrestrar los 40 años de franquismo. Primero porque una democracia no está para contrarrestrar a una dictadura —¿o es que podríamos justificar a los gobiernos retrógrados de Polonia y Hungría como contrapeso de sus dictaduras comunistas—, sino para permitir con libertad todas las opciones políticas que no incurran en violencia ni la justifiquen. Y segundo, porque durante el franquismo interesaba tanto despolitizar a la sociedad civil que salvo excepciones —Raza, 1950— eran películas insulsas intelectualmente, llenas de niñas y niños prodigio como el de la merecidamente premiada Marisol.

Con el panorama cinematográfico de nuestra democracia, cualquier alusión a revisar el sistema de subvenciones es un ataque a la izquierda ‘cultureta’, y por tanto, como toda ofensiva contra la izquierda, se interpreta como una agresión a la democracia, al progreso y a la libertad. Ya no propongo que en las subvenciones al cine haya un plus si sacan la bandera nacional —como ocurre en Estados Unidos—, ¡cómo provocar con ‘tamaña ofensa’! Me refiero a por qué no estudiar un sistema de financiación del cine en relación a las entradas de cada película. Así de paso, no solo se ayuda al sector sino a los propios espectadores. Seguro que habrá alguna manera tecnológica de hacer una medición de este estilo sin dar margen a la picaresca. Pero no, lo que interesa es pedir y pedir, y pobre de aquel gobierno que ose no dar y dar. Seguro le criticarán en los siguientes Goya.

Autor

Gonzalo Sichar

Gonzalo Sichar

Secretario general del Centro de Investigaciones sobre los Totalitarismos y Movimientos Autoritarios (CITMA)

 

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